En el interior de la capilla, reinaba un silencio profundo y cargado de dolor. La luz tenue de las velas iluminaba los rostros de los familiares y amigos reunidos para despedirse de un hombre mayor, cuyo cuerpo descansaba en el ataúd abierto en el centro del altar. Todos estaban inmersos en el duelo, creyendo que la historia de esa vida había llegado a su fin. Pero de repente, la puerta principal se abrió con suavidad y entró una figura que cambió por completo el sentido de la ceremonia.
La aparición misteriosa
Un hombre vestido con un traje negro impecable, guantes del mismo color y una máscara metálica negra que cubría por completo su rostro, avanzó con pasos lentos, firmes y solemnes. No dudaba ni se detenía ante las miradas de asombro que comenzaron a posarse sobre él. Se acercó directamente hasta el ataúd, se inclinó levemente y colocó su mano sobre el pecho del hombre mayor con una frialdad que heló el ambiente. Los presentes comenzaron a murmurar entre sí, confundidos y aterrados por esa presencia inesperada.
Entonces, con una voz grave, pausada y distorsionada por algún dispositivo, rompió el silencio:
—El juego terminó. Ya puedes levantarte.
La furia del joven
En ese instante, la tensión estalló. Entre los asistentes, un joven se separó del grupo con el rostro descompuesto por la ira y los ojos inyectados en sangre. Avanzó con pasos agresivos, señaló con el dedo al desconocido y gritó con furia incontenible:
—¡Lárgate de aquí ahora mismo si no quieres que te mate yo mismo! ¿Cómo te atreves a interrumpir este momento?
El hombre enmascarado no se movió ni un centímetro. Siguió en su lugar, tranquilo y seguro, y respondió con la misma calma inquietante:
—Mírale las manos. No hay sangre corriendo por sus venas.
El joven, cegado por la desesperación y el dolor, elevó más la voz, sin entender lo que estaba escuchando:
—¿¡Quién demonios eres para venir a profanar su memoria y decir semejantes locuras!?
La revelación impactante
Sin responder más preguntas, el hombre levantó ambas manos hasta la altura de su cabeza y presionó unos pequeños botones en los costados de la máscara. Con un sonido mecánico y futurista, la estructura metálica se abrió hacia atrás, revelando finalmente su rostro real. Un murmullo de asombro se extendió por toda la capilla, y muchas personas se taparon la boca para ahogar un grito de incredulidad.
Al ver ese rostro, la expresión del joven cambió de golpe. La furia desapareció para dar paso a una confusión total, seguida de una emoción que le partía el alma. Sus piernas flaquearon, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sin control y su voz se quebró hasta quedar casi en un susurro:
—No… no puede ser verdad… ¿Papá?
En un movimiento impulsado por el corazón y no por la razón, el joven se lanzó hacia adelante y se abrazó con fuerza al hombre que creía perdido para siempre, llorando desconsoladamente pero ahora lleno de una alegría que no podía explicar. Mientras tanto, todos los presentes seguían sin poder creer lo que estaban presenciando: lo que parecía un funeral se había convertido en el regreso más sorprendente y conmovedor de todos.
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