En la sala del velatorio reinaba un silencio solemne, acompañado por una música dramática y melancólica que intentaba darle el tono de respeto y tristeza que se espera en estas ocasiones. Sin embargo, todo lo que parecía ser un momento de dolor se transformaría en cuestión de segundos en una escena tan ridícula como inesperada, demostrando que en esta familia lo único que importaba no era el cariño, sino las cosas materiales.
La entrada exagerada
De repente, las puertas principales se abrieron de golpe con un estruendo que rompió toda la atmósfera. Entró corriendo el joven, con los brazos en alto y una expresión de desconsuelo que parecía sacada de una obra de teatro mal actuada. Iba seguido por un guardia que sostenía con seriedad el retrato del difunto, sin saber muy bien qué estaba pasando.
El joven gritaba con una voz exagerada, como si estuviera sufriendo la peor pérdida del mundo:
—¡¡Nooo, mi viejito!! ¿Por qué te fuiste justo ahora? ¿Por qué no esperaste antes de transferirme la propiedad del carro?
Pero lo que nadie más podía ver en ese momento revelaba la verdad completa: en el interior del ataúd, el padre estaba allí, vivo y consciente. Tenía las manos y los pies atados con cuerdas, una cinta adhesiva tapándole la boca para que no pudiera hablar, y movía los ojos con desesperación de un lado a otro, como si estuviera gritando en silencio: “¡Estoy vivo, idiota! ¡Sácame de aquí!”.
Las súplicas más extrañas
Sin darse cuenta de nada, el joven se acercó al ataúd y comenzó a golpear su superficie con las manos, siguiendo un ritmo como si estuviera tocando una batería, mientras seguía con su llanto fingido:
—¡Papá, despierta un momento! ¡Por favor! ¡Acuérdate de decirme cuál es la contraseña del Wi-Fi de la casa! ¡Sin ella no puedo conectarme!
La música de fondo cambió entonces de golpe, pasando de tono triste a una melodía más ligera y cómica, justo cuando apareció la madre en escena. Entró caminando despacio, con una taza de café en la mano, totalmente relajada y sin rastro de tristeza. Se acercó a su hijo, lo agarró suavemente del hombro y le dijo con voz tranquila y un poco de fastidio:
—Cálmate ya, bájale dos rayitas a ese espectáculo tan exagerado. Que no se puede seguir así, no se puede.
El joven se giró de inmediato, con cara de indignación y confusión, como si no entendiera por qué su madre no estaba sufriendo igual que él:
—¿Cómo que no se puede, mamá? ¿En qué momento pasó todo esto? ¡Ayer mismo estaba subiendo videos a TikTok y parecía que estaba perfecto!
La confesión y el final inesperado
La madre miró rápidamente hacia los lados para asegurarse de que nadie más los escuchara, se inclinó hacia su hijo y le susurró con aire de complicidad, sin ningún tipo de culpa:
—Es que ya cobré el dinero del seguro de vida… y para serte sincera, ya me lo gasté casi todo aprovechando las ofertas de Amazon que había esta semana.
Antes de que el joven pudiera reaccionar o hacerle más preguntas, ella tomó la tapa del ataúd y la abrió de golpe de un solo movimiento. Mientras quedaba al descubierto la situación real, la madre miró directamente a la cámara con una expresión que decía claramente: “Oops, se me escapó”, dejando ver al padre atado, vivo y muy enojado, listo para cobrarles la broma más pesada que le habían hecho en su vida.
¿Te parece bien así? Quedo listo para recibir tu próximo guion con este mismo nivel de detalle y extensión. 📝